miércoles, 18 de mayo de 2016

ABRIR LAS CIENCIAS SOCIALES






¿Para qué? ¿A quién? ¿Hacia dónde?

Las discusiones entre apologistas y acusadores de las Ciencias Sociales (después de navegar por las ideas expuestas por la Comisión Gulbenkian para la reestructuración de las ciencias sociales’), es evidente que no son recientes.
Si bien desde la ilustración, el estudio científico tuvo gran auge gracias a los grandes pensadores de la época, no cabe la menor duda que fue la necesidad que el mundo tenía de ser descubierto quien muy posiblemente potenció en gran medida todos los descubrimientos científicos destacados de aquellos años. Desde entonces, tomando como referencia los sucesos más destacados para la ciencia, el avance de la misma ha sido rotundamente desbordante.

Abordando entonces el tema en discordia sobre ‘Abrir las ciencias sociales’, se hallan tres factores que puntualizan la transición en la historia de aquellas ciencias que no tuvieron cabida en las naturales, pero que tampoco encontraron explicación en las ciencias humanas y en las letras. Primeramente, como en todo estudio objetivo es importante conocer de dónde se parte, pues entendiendo el camino que se ha recorrido se puede intentar previsualizar el rumbo que se habrá de seguir; esto mismo sucede con las ciencias sociales las cuales, de la mano de la ilustración se encuentran sus más remotos antecedentes en el siglo XVIII inmediato a los ilustrados. Posteriormente, después del final de la segunda guerra mundial en 1945, es cuando se puede comenzar a hablar de una estructura casi formal de las ciencias sociales, y es entonces que de cierta manera se vuelve necesario discurrir sobre el rumbo que un conjunto de ciencias tan importantes habrá de seguir, cuáles serán sus prioridades y los diversos problemas sociales en los cuales se habrá de enfocar. Por último, de una forma más que acertada, es necesario entonces hacer un análisis profundo sobre la prospectiva de las mismas ciencias, hacia dónde se dirigen estando ya establecidas en tres pilares fundamentales (sociología, economía y ciencia política) y analizar las nuevas vertientes de estudios que evidentemente, a más de veinte años de haberse llevado a cabo la comisión anteriormente mencionada, se puede corroborar y dar por sentado que las predicciones expuestas en el material del cual Wallerstein fue coordinador, eran en gran manera acertadas.

En el primer caso, la construcción histórica de las ciencias sociales, ubicándola en un extenso periodo de tiempo comprendido a partir del siglo XVIII hasta 1945, se puede descubrir cosas por demás interesantes que llevándolas a la reflexión hacen meditar sobre las paradigmas sociales que se han venido enseñando con el tiempo a través de la historia social. La vieja expresión que evoca que  ‘la historia la escriben quienes tienen el poder’ se le podría agregar con toda seguridad ‘y también las ciencias…’. Explicando el anterior atrevimiento, se tiene la siguiente observación: No se necesita ser grandes eruditos en historia universal para saber que la gran y dominante vertiente de la historia mundial se ha obtenido del mundo civilizado de la Europa de occidente; descubriendo entonces que las grandes potencias utilizaron todos los recursos a su alcance para conseguir un adoctrinamiento social lo suficientemente efectivo como para asentar las ideas de identidad y patriotismo en las grandes masas de población de las mismas, ideologías que se fueron repartiendo a lo largo y ancho del mundo como consecuencia de la influencia que Europa poseía, sobre todo en América Latina y más aún, en las décadas posteriores a la revolución industrial. Esto también generó consecuencias triviales en el mundo ‘civilizado’ pues sin duda, con el afán de mantener un poder centralizado las teorías de las diversas organizaciones sociales siempre, en la mayoría de los casos giraban en torno a la centralización de la autoridad en el Estado. Sin embargo, con la llegada del siglo XIX posterior a un mundo industrializado y funcional pero con abundantes injusticias sociales, aparecieron corrientes anarquistas las cuales sacudieron los cimientos del orden mundial que hasta entonces aparentemente habían avanzado con gran estabilidad. Las ideas de personajes como Engels y Marx se dispersaron con gran rapidez que para el comienzo del siglo XX Lenin se iba a convertir en el primer personaje de la historia que iba a poner en práctica las teorías de los dos personajes antes mencionados. Esto significaba que la autoridad sobre las masas se podría perder rápidamente y como consecuencia, los privilegios de quienes hasta entonces habían mantenido el poder. Sin embargo, como ya se conoce en la historia, esto no sucedió. Descubriendo en las páginas sobre las cuales se escribe, aparece la figura de Augusto Comte y el positivismo, doctrina filosófica que surgió en urgencia para anteponerse a los anarquistas de quienes sus movimientos tomarían gran fuerza. Sin embargo, el positivismo de Comte tuvo también gran aceptación en gran parte del mundo occidental, suponiendo que fue por motivos de practicidad demostrando resultados inmediatos. La discordia, y nuevamente la aparente victoria de Comte sobre sus opositores generó también grandes conflictos entre los estudiosos de la época; sociólogos primitivos que siendo influenciados por una ideología que no solo se expusiera, sino que también fuese capaz de llevarse a la práctica los llevó a menospreciar una filosofía tradicional en donde la prioridad era la reflexión del pensamiento sin importar la practicidad de la misma. Esto los alejó en parte del pensamiento humanista pero de igual manera, por el enfoque social que sus estudios adquirían al paso de los años, los orilló a no encontrar cabida tampoco en las ciencias naturales y como consecuencia se vieron en la imperiosa necesidad de buscar una tercer y propia clasificación entre las dos culturas científicas de antaño.

La discordia no habría de terminar en la emancipación de las nacientes ciencias sociales, de las ciencias humanas y las letras, y las ciencias naturales; tal parece que era solamente el comienzo. Sin embargo, todo vuelve a recaer en la capacidad de manipulación de las grandes potencias quienes con grandes posibilidades financieras nuevamente tomaron la delantera en el estudio de estos nuevos y necesarios estudios científicos. Sin embargo, nuevamente se enfrentan a los conflictos que se arrastraban desde hacía siglos atrás. Si se hablaba de una historia social, ¿La historia de qué pueblo era la que se estaba contando? Pronto los nuevos científicos sociales se encontraron en conflicto pues las bases que se tenían para fundamentar una ciencia de la sociedad (Que lógicamente debería incluir a todas las sociedades) existían solamente en el mundo occidental, y por si fuera poco, ese mundo occidental solamente se encontraba en la Europa de occidente y en los Estados Unidos de Norteamérica. Haciendo una comparación territorial, la historia social que daba forma a la tercer nueva cultura científica solo incluía a un sector de la población que se encontraba aproximadamente en el 20% del territorio global; excluyendo así a los países de alguna manera casi desconocidos como los del extremo oriente y otros casi obligadamente ignorados como los pertenecientes al continente africano.  América Latina se podría decir que tenía historia pero únicamente a partir de los siglos de conquista y solo como complemento de la historia de sus colonizadores. Entonces, ¿cómo se podría construir una ciencia social si se estaba ignorando en gran medida a un sector de la sociedad mundial por demás gigantesco? Esto generaría un tipo de desilusión académica que únicamente sería remediada indagando en aquellas sociedades ignoradas y por tanto desconocidas. Y es como, desde entonces se consigue iniciar esfuerzos interminables por conseguir una ciencia social globalizada.

Como consecuencia, se considera prudente cuestionarse lo siguiente: ¿Qué tipo de ciencia social se tiene en el presente? En la búsqueda de una respuesta objetiva se podrían escribir todas las páginas de una nueva enciclopedia social al más puro estilo de Diderot, sin embargo, probablemente todos los postulados concluirían en que nuestras ciencias sociales se encuentran afortunadamente aún: Inconclusas. Por ello, con base en lo antes expuesto sobre el desarrollo reciente de las ciencias sociales sería más factible preguntarse por: ¿Qué ciencias sociales se quieren desarrollar? Es que es evidente que por muchos años, se construyó un mundo donde las sociedades dominantes excluyeron de su patrimonio social y cultural a quienes resultaron ser las menos favorecidas, las más explotadas y de plano, las más incomprendidas como en el caso particular de las sociedades orientales.

En conclusión, sí y no parece ser la respuesta de Wallerstein respecto a la pregunta principal sobre si deberíamos abrir o no las ciencias sociales. No, considerando el riesgo de perder certeza en el estudio y análisis de las diversas vertientes que podrían surgir (Y que en la actualidad ya han surgido) las cuales podrían desviar la atención de los investigadores. Sin embargo, a pesar de que es un riesgo que ya se sufre hoy en día, el autor también expresa la necesidad de las ciencias sociales por mostrar una mayor flexibilidad adoptando las diversas corrientes de estudio pero haciendo hincapié en la importancia de no perder cohesión en la estructura fundamental de las ciencias sociales, que sin lugar a dudas, por más problemas necesitados de solución que pudiesen surgir y de los cuales la sociedad exija a los científicos sociales una solución inmediata, será casi imposible desviar la mirada de los tres pilares de conocimiento de las ciencias sociales: Economía, Ciencia Política y Sociología.














BIBLIOGRAFÍA:
Wallerstein, Inmanuel (Coordinador). ‘Abrir las ciencias sociales’ (México D.F., Siglo XXI editores, 2013.) No. de pp. 114.