¿Para
qué? ¿A quién? ¿Hacia dónde?
Las
discusiones entre apologistas y acusadores de las Ciencias Sociales (después de
navegar por las ideas expuestas por la Comisión
Gulbenkian para la reestructuración de las ciencias sociales’), es evidente
que no son recientes.
Si
bien desde la ilustración, el estudio científico tuvo gran auge gracias a los
grandes pensadores de la época, no cabe la menor duda que fue la necesidad que
el mundo tenía de ser descubierto quien muy posiblemente potenció en gran
medida todos los descubrimientos científicos destacados de aquellos años. Desde
entonces, tomando como referencia los sucesos más destacados para la ciencia,
el avance de la misma ha sido rotundamente desbordante.
Abordando
entonces el tema en discordia sobre ‘Abrir
las ciencias sociales’, se hallan tres factores que puntualizan la
transición en la historia de aquellas ciencias que no tuvieron cabida en las
naturales, pero que tampoco encontraron explicación en las ciencias humanas y
en las letras. Primeramente, como en todo estudio objetivo es importante
conocer de dónde se parte, pues entendiendo el camino que se ha recorrido se
puede intentar previsualizar el rumbo que se habrá de seguir; esto mismo sucede
con las ciencias sociales las cuales, de la mano de la ilustración se
encuentran sus más remotos antecedentes en el siglo XVIII inmediato a los
ilustrados. Posteriormente, después del final de la segunda guerra mundial en
1945, es cuando se puede comenzar a hablar de una estructura casi formal de las
ciencias sociales, y es entonces que de cierta manera se vuelve necesario
discurrir sobre el rumbo que un conjunto de ciencias tan importantes habrá de
seguir, cuáles serán sus prioridades y los diversos problemas sociales en los
cuales se habrá de enfocar. Por último, de una forma más que acertada, es
necesario entonces hacer un análisis profundo sobre la prospectiva de las
mismas ciencias, hacia dónde se dirigen estando ya establecidas en tres pilares
fundamentales (sociología, economía y ciencia política) y analizar las nuevas
vertientes de estudios que evidentemente, a más de veinte años de haberse
llevado a cabo la comisión anteriormente mencionada, se puede corroborar y dar
por sentado que las predicciones expuestas en el material del cual Wallerstein fue coordinador, eran en
gran manera acertadas.
En
el primer caso, la construcción histórica
de las ciencias sociales, ubicándola en un extenso periodo de tiempo
comprendido a partir del siglo XVIII hasta 1945, se puede descubrir cosas por
demás interesantes que llevándolas a la reflexión hacen meditar sobre las
paradigmas sociales que se han venido enseñando con el tiempo a través de la
historia social. La vieja expresión que evoca que ‘la
historia la escriben quienes tienen el poder’ se le podría agregar con toda
seguridad ‘y también las ciencias…’.
Explicando el anterior atrevimiento, se tiene la siguiente observación: No se
necesita ser grandes eruditos en historia universal para saber que la gran y
dominante vertiente de la historia mundial se ha obtenido del mundo civilizado
de la Europa de occidente; descubriendo entonces que las grandes potencias
utilizaron todos los recursos a su alcance para conseguir un adoctrinamiento
social lo suficientemente efectivo como para asentar las ideas de identidad y
patriotismo en las grandes masas de población de las mismas, ideologías que se
fueron repartiendo a lo largo y ancho del mundo como consecuencia de la
influencia que Europa poseía, sobre todo en América Latina y más aún, en las
décadas posteriores a la revolución industrial. Esto también generó
consecuencias triviales en el mundo ‘civilizado’ pues sin duda, con el afán de
mantener un poder centralizado las teorías de las diversas organizaciones
sociales siempre, en la mayoría de los casos giraban en torno a la
centralización de la autoridad en el Estado. Sin embargo, con la llegada del
siglo XIX posterior a un mundo industrializado y funcional pero con abundantes
injusticias sociales, aparecieron corrientes anarquistas las cuales sacudieron
los cimientos del orden mundial que hasta entonces aparentemente habían
avanzado con gran estabilidad. Las ideas de personajes como Engels y Marx se
dispersaron con gran rapidez que para el comienzo del siglo XX Lenin se iba a
convertir en el primer personaje de la historia que iba a poner en práctica las
teorías de los dos personajes antes mencionados. Esto significaba que la
autoridad sobre las masas se podría perder rápidamente y como consecuencia, los
privilegios de quienes hasta entonces habían mantenido el poder. Sin embargo,
como ya se conoce en la historia, esto no sucedió. Descubriendo en las páginas
sobre las cuales se escribe, aparece la figura de Augusto Comte y el
positivismo, doctrina filosófica que surgió en urgencia para anteponerse a los
anarquistas de quienes sus movimientos tomarían gran fuerza. Sin embargo, el
positivismo de Comte tuvo también gran aceptación en gran parte del mundo
occidental, suponiendo que fue por motivos de practicidad demostrando
resultados inmediatos. La discordia, y nuevamente la aparente victoria de Comte
sobre sus opositores generó también grandes conflictos entre los estudiosos de
la época; sociólogos primitivos que siendo influenciados por una ideología que
no solo se expusiera, sino que también fuese capaz de llevarse a la práctica
los llevó a menospreciar una filosofía tradicional en donde la prioridad era la
reflexión del pensamiento sin importar la practicidad de la misma. Esto los
alejó en parte del pensamiento humanista pero de igual manera, por el enfoque
social que sus estudios adquirían al paso de los años, los orilló a no
encontrar cabida tampoco en las ciencias naturales y como consecuencia se
vieron en la imperiosa necesidad de buscar una tercer y propia clasificación
entre las dos culturas científicas de antaño.
La
discordia no habría de terminar en la emancipación de las nacientes ciencias
sociales, de las ciencias humanas y las letras, y las ciencias naturales; tal
parece que era solamente el comienzo. Sin embargo, todo vuelve a recaer en la
capacidad de manipulación de las grandes potencias quienes con grandes
posibilidades financieras nuevamente tomaron la delantera en el estudio de estos
nuevos y necesarios estudios científicos. Sin embargo, nuevamente se enfrentan
a los conflictos que se arrastraban desde hacía siglos atrás. Si se hablaba de
una historia social, ¿La historia de qué pueblo era la que se estaba contando? Pronto
los nuevos científicos sociales se encontraron en conflicto pues las bases que
se tenían para fundamentar una ciencia de la sociedad (Que lógicamente debería
incluir a todas las sociedades) existían solamente en el mundo occidental, y
por si fuera poco, ese mundo occidental solamente se encontraba en la Europa de
occidente y en los Estados Unidos de Norteamérica. Haciendo una comparación
territorial, la historia social que daba forma a la tercer nueva cultura
científica solo incluía a un sector de la población que se encontraba
aproximadamente en el 20% del territorio global; excluyendo así a los países de
alguna manera casi desconocidos como los del extremo oriente y otros casi
obligadamente ignorados como los pertenecientes al continente africano. América Latina se podría decir que tenía
historia pero únicamente a partir de los siglos de conquista y solo como
complemento de la historia de sus colonizadores. Entonces, ¿cómo se podría
construir una ciencia social si se estaba ignorando en gran medida a un sector
de la sociedad mundial por demás gigantesco? Esto generaría un tipo de
desilusión académica que únicamente sería remediada indagando en aquellas
sociedades ignoradas y por tanto desconocidas. Y es como, desde entonces se
consigue iniciar esfuerzos interminables por conseguir una ciencia social
globalizada.
Como
consecuencia, se considera prudente cuestionarse lo siguiente: ¿Qué tipo de
ciencia social se tiene en el presente? En la búsqueda de una respuesta
objetiva se podrían escribir todas las páginas de una nueva enciclopedia social
al más puro estilo de Diderot, sin embargo, probablemente todos los postulados
concluirían en que nuestras ciencias sociales se encuentran afortunadamente
aún: Inconclusas. Por ello, con base en lo antes expuesto sobre el desarrollo
reciente de las ciencias sociales sería más factible preguntarse por: ¿Qué
ciencias sociales se quieren desarrollar? Es que es evidente que por muchos
años, se construyó un mundo donde las sociedades dominantes excluyeron de su
patrimonio social y cultural a quienes resultaron ser las menos favorecidas, las
más explotadas y de plano, las más incomprendidas como en el caso particular de
las sociedades orientales.
En
conclusión, sí y no parece ser la respuesta de Wallerstein respecto a la
pregunta principal sobre si deberíamos abrir o no las ciencias sociales. No,
considerando el riesgo de perder certeza en el estudio y análisis de las
diversas vertientes que podrían surgir (Y que en la actualidad ya han surgido)
las cuales podrían desviar la atención de los investigadores. Sin embargo, a
pesar de que es un riesgo que ya se sufre hoy en día, el autor también expresa
la necesidad de las ciencias sociales por mostrar una mayor flexibilidad
adoptando las diversas corrientes de estudio pero haciendo hincapié en la
importancia de no perder cohesión en la estructura fundamental de las ciencias
sociales, que sin lugar a dudas, por más problemas necesitados de solución que
pudiesen surgir y de los cuales la sociedad exija a los científicos sociales
una solución inmediata, será casi imposible desviar la mirada de los tres
pilares de conocimiento de las ciencias sociales: Economía, Ciencia Política y
Sociología.
BIBLIOGRAFÍA:
Wallerstein, Inmanuel (Coordinador). ‘Abrir las ciencias sociales’ (México
D.F., Siglo XXI editores, 2013.) No. de pp. 114.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario